En-Amor-Arte
Me hablan de amor y no logro definirlo. Me llegó aquel título hace unas semanas y me he pasado desde entonces en una abrumante encrucijada para descifrarlo; de poner en palabras aquella relación entre el amor y el arte, el arte de amar y el acto de amar(se).
Pero en ello descubrí que ni siquiera estoy segura de qué es el amor. Lo siento en el corazón y ya; solo sé cómo se siente, pero no cómo traerlo al papel.
Me dicen que el amor es la cura a todo mal, pero que también destruye y duele. Que llega sin anuncio y sin preámbulos, pero en su ausencia te preguntas si fue verdad o si lo soñaste.
Me dicen que es una decisión, pero no recuerdo si alguna vez mi corazón se ha molestado en preguntarme a quién amar.
Se siente caótico, hermoso, intenso, venenoso, delicado, feliz y mágico.
Y en mi incesante búsqueda de respuestas, decidí preguntarle a quienes amo qué creían que es el amor. Todos me respondieron distinto y, mientras los escuchaba enredarse tratando de darme una respuesta, comprendí que ellos tampoco sabían. Me contaron historias de malos hombres, amigos desleales, mujeres inseguras y situaciones en las que supuestamente regía el amor, pero este se anunciaba más por su ausencia.
Solo tuve una respuesta que me dejó algo satisfecha. Me dijeron: “El amor es estar aquí. Es aquello que hace feliz al corazón y atendemos sin juicio y sin temor. Es lo que vivimos desde la fe y desde la confianza en el otro y en uno mismo”. Tuve mucho en qué pensar, y esa noche no dormí.
Pensaba en mis propias historias amorosas; en quienes amo hoy y siento que quizás amaré por siempre porque dejan a mi corazón feliz. Pensaba también en esos amores fugaces y pasajeros que, de alguna manera, recuerdo con cariño; que me transformaron y dejaron aprendizajes, canciones que ya no puedo escuchar sin cerrar los ojos, y narrativas en las que me tocó ingeniarme conclusiones.
Y me atrevo a decir que esas relaciones no fallaron por culpas o por falta de disposición; pero en eso de “amar” nos faltó la partecita tan importante de amar(se).
Porque nadie puede ofrecer amor si antes no lo ha encontrado dentro de sí.
Porque en las historias de mis amados y en las mías, el amor a veces parece trágico por la evidente ausencia de eso que tanto llaman “amor propio”. Hoy en día nos embuten muchos cuentos sobre el tema; nos dicen que para amarnos hay que levantarse temprano, alimentarse bien, hacer ejercicio y trabajar por las metas. Pero, en todo ello, ¿dónde pongo la pasión? ¿Cuándo le daré vida a mis sueños si ni me dejan dormir?
¿Qué pasa con el corazón, que entre latidos grita y exige ser atendido para no sentirse solo, y reclama el tipo de amor y atención que se demanda de otros pero nunca parece ser suficiente?
He hecho la tarea de buscar a dónde se va mi corazón cuando no le digo a dónde ir y cuando no lo silencio con la razón. Lo encontré latiendo feliz entre letras y libros, en los acordes del piano y las historias que en sí narra, en mis bordados y tejidos que, entre lazos, abrazan mi piel.
En la felicidad que encontré comprendí eso del amor propio: es proporcionarse los lugares donde el corazón es feliz. Y luego de hallar eso dentro de mí, pude buscarlo en otros y decidir a quién dárselo. Me encontré en los brazos de mi mamá, en las risas de mis amigos, en las copas de vino con Rosi, en los abrazos de Diana y hasta viajando al otro lado del mundo solo para ver a Chloe.
Porque me di cuenta rápidamente de que el amor que me da el acto de “crear” me permite creer: creer en mí y en otros, para que eso sea recíproco. Creer que nada es casualidad y que si recibo amor es porque es merecido. El amor también hay que saber como tomarlo.
Algunos quizás son cobardes y huyen por la sensación de que no lo merecen; por miedo a ser vistos y correr el riesgo de que el otro no encuentre nada. Porque no se han amado lo suficiente como para crear algo en lo que valga la pena creer, y no ofrecen lo suficiente como para permitirse ser amados.
Esos prefieren amar(rarse) y terminan en relaciones deshonestas, adictivas y atadas por el miedo a enfrentarse a si mismos.
A fin de cuentas, el amor es esa alegría que encontramos cuando actuamos al son del corazón; como florecen las plantas cuando las saluda el sol, cuando las olas del mar saludan al viento, o cuando la luna sale a recibir sueños y las estrellas a cumplirlos.
A veces el amor es quedarse y persistir a pesar del miedo; otras, es tener el coraje de irse aun cuando duele. A veces es un beso bajo la lluvia, y otras es amar en silencio cuando nadie ve. Está en miradas que revelan verdades que no decimos con palabras pero que, en su sutileza, susurran “te veo como eres” y nos regalan paz.
Es elegir caminar junto al otro sin abandonar tu camino ni borrar el ajeno; elegir acompañarse desde la humildad, reconociendo que ninguno tiene todas las respuestas, pero decidiendo ir juntos a buscarlas.
Nacimos para amar y ser amados; está en nuestra esencia humana buscar el amor, y es una lástima que se nos esté olvidando cómo hacerlo. El amor puro y honesto no es escaso; fluye en la pasión, en el propósito, en la fe y en la confianza. Siempre llega para enseñar y abrazarnos; para recordarnos que somos humanos y que tenemos un corazón que atender.
Amar con libertad; creer en la magia de la vida y crear bajo la luz de la pasión, porque es lo único que nos queda cuando creemos que el amor se va.
Un mal de amores no mata, pero un corazón inatendido quizás sí deja de latir.
Me hablarás de un camino que no termine nunca.
La música que escondo para encantarte huye lejos de la canción que borbota y resalta.
En tus brazos se enredan las estrellas más altas.
Tengo miedo. Perdóname por no haber llegado antes.
Una sonrisa tuya borra todo un pasado; guardan tus labios dulces lo que ya está distante.
En un beso sabrás todo lo que he callado.
Tal vez no sepa entonces conocer tu caricia, porque en las venas mías tu ser se habrá confundido.
- Pablo Neruda, 1904–1973. Crepusculario (1919), Pelleas y Melisanda.

